Sobre “Doctor de elefantes”
- piroquinesis

- 20 abr
- 2 min de lectura
El perdón de Héctor, el troyano, o el reconocimiento de Jesús, el nazareno, o la cabeza de Guanamache, el elusivo monstruo marino, o el amor, o la justicia, o la venganza, o la vida, o el honor, o la memoria, o el olvido…
Los deseos inasibles y las recompensas que nunca llegan son las estrellas alrededor de las cuales orbitan los relatos de esta colección que, más que colección, es una mitología —mejor dicho, una mitografía— que reconstruye la civilización desde la perspectiva de lo que nos es inalcanzable.
Lo que sí queda, sin embargo, muy al alcance del lector, es la precisión puntillosa con la que Gerardo de la Cruz recrea, no solamente atmósferas, personajes y acciones, sino también las ánimas que alientan cada una de las historias “ni menos ni más verídicas y anónimas” de “Doctor de elefantes”. Precisión que lo es por partida doble, pues cada una de las historias trae a la vida personajes (ficticios, muchos, pero hay “estrellas invitadas”: Jesús y Judas, Carlomagno y Charles Darwin, el infame Potiemkin de Rusia y el infante Carlos de Austria…) en sus respectivos mundos y épocas, pero además —y aquí se manifiesta el doble acierto del autor— en sus respectivos modos literarios. De la Cruz resucita no solamente a los personajes, sino también a sus (posibles) creadores: leemos en estas páginas de pronto a Homero, de pronto a Heródoto, más adelante a un abad carolingio y a un inquisidor español, seguidos por Julio Verne, Rudyard Kipling, Ignacio Manuel Altamirano, Truman Capote…

¿Favoritos? El cuento que da nombre a la colección y que trae al “Libro de la selva” a un circo en Sussex; el duelo que le da a Julio Verne la idea de disparar una bala rellena de humanos hacia la luna; pero, sobre todo, el delicioso, verborreico y barroquísimo relato que nos cuenta —¡con todo y anotaciones bibliográficas al margen!— cómo Carlos de Austria, hijo de Felipe II de España, pierde, casi literalmente, los sesos por andar de calenturiento y cómo el objeto de sus calenturas finalmente logra el milagro de bajarle las fiebres…
En fin. “Doctor de elefantes” desgrana anhelos extraviados para presentarlos en sus propios jugos, lo que es decir: en sus propios lenguajes. Y presentan, “con la incrédula aquiescencia de la persona lectora” (Antiprólogo dixit) una historia de historias de la humanidad que, no por ser “falsa” e “imperfecta”, deja de ser real e impecable.


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